lunes, 21 de febrero de 2011

Lluvia torrencial

La cantidad de agua que cayó el viernes 18 fue increíble. En mi casa el patio se inundó, llegó a los 30 centímetros en 10 minutos, y lo peor era que no paraba de llover. Y como estaba solo, tuve que salir a arreglarlo. Esta es la historia de cómo salvé a mi heladera de su inminente destrucción.

Eran las 10 de la mañana y estaba jugando en la computadora, ya que la lluvia me había despertado de lo fuerte que caía. Pero atrás de todo ese ruido, se escuchaba un grito débil que me llamó la atención. Cuando veo por la ventana me encuentro con Lucía, mi vecina, y su bebé Lisandro. Me grita:

- ¿No le podés decir a tu mamá si me ayuda a sacar el agua, que se me inundó toda mi casa?

Entonces abro la puerta y me encuentro con un lago de 50 metros. Faltaba que pase el Arca de Noé. Y que Noé salga a mirar y diga “¡La pucha que llueve, che! Peor que la otra vez…”.

Le digo a Lucía que entre a mi casa, mientras yo salía, descalzo como estaba, a destapar la canaleta. Miro al costado y estaba Trini (mi perra de raza Labrador Negro) atada, con el agua hasta el pecho. La desaté, sin darme cuenta que la habían atado porque estaba “enamorada” (del primer perro que la oliera…).

Cuando llego a destapar la canaleta, vi que tenía botellas de plástico, bolsas y ramas atascadas en la salida. “Con razón no se iba” pensé, y procedí a hacer mi trabajo. Cuando concluí, fui a la cancha que está delante de mi casa, y veo a Chipu (Apellido: Rínfula)  con el agua hasta el cuello (es una especie de perro salchicha, con manchas al estilo Dobberman… Bah, es un perro marca perro), escondida atrás de unas chapas. La saqué, y como la muy boba tenía miedo (apenas tiene 25 o 30 centímetros de altura), la alcé y la llevé como bebé.

Entro a mi casa, y veo con horror que el agua estaba mojando la base de la heladera, o sea que si hay un cortocircuito, quedaba pegado ahí nomás. Salgo corriendo a cortar la luz, pero estaba todo mojado, así que abro el portón principal y voy a la casa de mi abuela, que quedaba a dos casas de la mía. Pido ayuda a mi vecino (que estaba seco) para que lo haga por mí, y cuando vuelvo, veo que un perro estaba intentando “saltar” a Trini. “NOOOOOOOOOOO!” grité, porque la perra tenía turno para ser castrada (pobrecilla…) y si mi mamá la veía, el castrado sería yo por haberla dejado libre. Obviamente, la entro a las patadas.

Y ahora que leo todo lo que tuve que hacer para que no se mojen los muebles, pienso:

- Por eso el Congreso tiene escaleras en la entrada.

(Escrito por Luca Soto)

martes, 1 de febrero de 2011

Bondi-Viajeros

Empecé a viajar en colectivo a los 13 o 14 años. Y ahora que tengo 17  llegué a diferenciar a los distintos tipos de “Bondi-Viajeros”. Esta es una lista de los que reconocí hasta ahora, pero hay más recorrido por hacer:
· El Vendedor: La mayoría sube a vender productos como fibrones, lapiceras, medias, billeteras, golosinas, CD’S de música, etc. Comienzan con una breve presentación, con vocabulario agradable y correcto. Algo como esto: “Señores pasajeros, les voy a quitar un momento de su atención para ofrecerles este maravilloso set de productos X de diferentes tamaños, perfecto para el bolso de la dama y el bolsillo del caballero, bla bla bla wala wala bing bong…” Pasa por cada asiento mostrando el producto X en cuestión, vende 2 o 3 y se baja. Con este tipo de viajeros todo bien.
· El Sufrido: Puede ser de verdad o no, pero siempre que sube al colectivo es para vender tarjetitas de amor, a pedir plata o vender golosinas con la excusa de que “no tengo trabajo/tengo HIV/quiero comprarle pañales a mis hijos/soy un ex–drogadicto”. Apelan a nuestra sensibilidad para que los ayudemos. La verdad, muchas veces les di plata, pero otros son mentirosos que no quieren trabajar y usan excusas para ser mantenidos por las personas de buen corazón.
· El Basura: Existen diferentes tipos de éstos:
o    Sin Dignidad: El peor. Se hace el dormido o se pone auriculares y mira por la ventanilla para no cederle el asiento a un/a anciano/a,  discapacitado/a o embarazado/a.
o    Falso Herido: El que se pone muletas o un yeso para que le den el asiento. Una vergüenza.
o    El “No pago”: Se hace bien el tarado, aprovecha la enorme cantidad de gente y se esconde por ahí, para no pagar el boleto.
o   Los “Eh, amigo…”: Los que dan más bronca son éstos. Paran el colectivo y le dicen al colectivero: “Eh, amigo, no no lleváh doh cuadra nada más, no tenemos plata para el boleto, dale eh no seah forro…”. Casi siempre son pibes de 20 años que no trabajan y andan paveando por ahí. Y lo peor es que se aprovechan del pobre tipo y viajan el doble, o hasta el triple, sin pagar ni siquiera $1,10.
· El Aprovechador: Son los que viajan 28 kilómetros pagando $1,10. No está tan mal, porque al menos pagan, pero no lo suficiente. Muchos hacen eso, pero yo no… (¬¬)
· El Adolescente: Uno de los más molestos. Casi siempre viajan o al colegio o a algún lugar concurrido, como plazas, shoppings y boliches. Lo que más molesta es cuando viajan escuchando música fuerte desde los celulares sin los auriculares. Lo peor es que nadie se atreve a ponerle los puntos. Y si van de a muchos es peor, porque van gritando entre todos y la música ni la escuchan, está de fondo, como en los ascensores.
· Los Cabeceadores: Vienen de laburar ocho horas seguidas, están muy cansados y se duermen encima del hombro de otro, en la ventanilla o mirando para abajo. Lo que no entiendo es cómo no se despiertan cuando se van golpeando la cabeza contra la ventana, supongo que debe doler. Pero hay otros que están tan acostumbrados de dormirse en el bondi que se despiertan justo antes de bajarse. Unos capos.
· El Loco: ¿A quién no le tocó viajar con un tipo medio chapa, que le chifla el moño, le faltan jugadores, etc.? Yo vi bastantes, como un esquizofrénico que me cantaba al  oído “La vecinita tiene antojo…” y  otro que se creía el Hombre Araña y se colgaba del pasamano.
· El Perdido: No tiene idea de dónde está parado. Pregunta al chofer si pasa por tal lado, sube y viaja con una cara de pánico, sin saber dónde bajar, cuánto va a tardar y por dónde hace el recorrido. Pero siempre está el pasajero que le dice: “Yo te digo cuando tenés que bajar” y le resuelve la vida.