miércoles, 29 de febrero de 2012

Necesitamos hablar

- Mamá, necesitamos hablar...

- O por Dios... ¿¡Vas a tener un hijo!? ¡Te dije que te cuidaras! ¿Y ahora qué vas a hacer? ¡Dejaste embarazada a esa chica, no va a poder ir a la facultad ahora! ¡Encima me imagino que vas a empezar a trabajar! ¡No me importa ninguna excusa, TE VAS a hacer cargo! ¡Y otra cosa: no pienses que yo me voy a hacer cargo yo eh! ¡Ya tuve muchos hijos como para que después de tantos años tu padre y yo tengamos que cargar con otro bebe! ¡Son muchos gastos y además, yo ya estoy cansada! Si querés lo cuido unos días, supongo... ¡Pero NADA DE SALIR A BAILAR! ¿ENTENDISTE? ¡Lo único que falta es que, encima que te lo cuide, te vayas de parranda! ¡Dios! ¿Qué hice mal? ¡Y no me pongas esa cara! ¿Qué? ¿QUÉ VAS A HACER AHORA? 

- ¿EH? Sólo te iba a pedir plata...

- ... Ah... ¿Para pañales?

sábado, 11 de febrero de 2012

Yaguie

Los que me conocen sabrán que no soy un amante de los perros. Soy de esos cobardes que son capaces de cruzar la calle (o porqué no, de dar la vuelta a la manzana) para evitar pasar por delante de uno de estos animales, sin importar su tamaño o raza.
Me he visto enroscado en problemas con perros: me mordieron, me persiguieron, hasta me orinaron encima. ¡Parece que hablo de mafiosos, pero es la verdad! Me dirán “Ellos te ladran porque les tenés miedo”. Al principio no fue así, me ladraban porque sí (cosas de perros, vaya uno a saber) y de ahí les agarré miedo. Ahora, si me ladran, tendrían razón.
Irónicamente, mi casa siempre fue y será una veterinaria enorme. No me alcanzan los dedos para contar la cantidad de perros, perritos y otros bichos que tuvimos.
Pero nunca me voy a olvidar de un perro, de uno que sí me quería: Yaguie.
Yaguie era un perro raro: era como un gran danés por la altura y estirpe, pero era muy delgado y corría rapidísimo como ningún otro, como un galgo. Era totalmente negro, y al trotar parecía un caballo. Era muy lindo de ver. Aunque era callejero, las marcas en sus piernas lo mostraban, y no soportaba estar en casa todo el día. Una de sus virtudes es que siempre encontraba nuestra casa, sin importar a dónde se iba, él volvía. Es más, nos perseguía kilómetros caminando, y volvía lo más campante.
Nos acompañaba a todos lados. Cuando iba al colegio, él iba conmigo, y todos los chicos lo acariciaban. Era un perro muy amigable, todos lo querían, y en el barrio era conocido por meterse en las casas ajenas (lo entrenamos para que haga sus “asuntos” en casa de mis vecinos, al mejor estilo Casados con hijos).
Aunque también era un poco torpe. Lo he visto dormirse parado y caerse de costado, ladrarse a sí mismo cuando se veía a un espejo, jugar con botellas de gaseosa y molestar a los gorriones.
Para cuando nos mudamos a otra casa, él ya tenía 16 años aproximadamente. Y se notaba que la edad le pesaba mucho: ya no corría, no ladraba como antes y le dolían los huesos. Semanas después, no podía caminar. Las piernas no tenían fuerza. Era estremecedor verlo tratándose de levantar, temblar, caerse; y volverse a levantar.
Días después, murió. Fue muy difícil reaccionar, él estuvo durante toda mi niñez, saber que se había ido nos dolió mucho a todos.
Siempre voy a recordar sus latigazos con la cola, cuando iba sólo en la oscuridad y me sorprendían sus ojos brillantes, llenos de luz, aunque su cuerpo no se veía. Y aunque tengamos otros perros ahora, ninguno va a ser igual que Yaguie.


viernes, 10 de febrero de 2012

El mala onda

(Charla entre amigos)

Martín: … Entonces viene mi tío, y nos dice que se va a Brasil y…

Hernán: (llega e interrumpe) ¡Santi, no sabés! ¡El profesor de canto dice que voy re bien!

Santiago: ¡No me digas, genial loco, te felicito!

Hernán: Si, estoy re contento. ¡Dijo que si seguía así podría tomarme un examen en un Conservatorio y tener mi título y todo!

Santiago: Mirá vos. ¡Dale para adelante nomás!

Martín: Qué bueno che… ¡Felicidades! Bueno, te sigo contando. Se va para Brasil por un tema de trabajo, parece que…

Hernán: ¡Esto es genial! No pensé que podría llegar a enseñar canto. ¡Sólo lo hacía por hobby! Quién diría che…

Martín: Qué bueno che… Seguí nomás, que vas bien. Como te decía, parece que se va a comprar una casa allá, y de paso va a ver a los abuelos, que no sé si te conté, pero son brasileños…

Hernán: ¡Estoy emocionado! Pensé que cantaba mal…

Martín: (Un tanto molesto de tanta interrupción) No, para nada… Decía entonces que se van todos, no voy a poder ver a mi ahijado en un tiempo largo…

Santiago: Uh… Y qué se le va a hacer…

Martín: Y si… En fin, la onda es que…

Hernán: ¡Y lo mejor es que…

Martín: Mirá, Hernancito, todo bien che, pero dejate de romper las pelotas. Ni que fuera la gran cosa: empezaste hace poco, no podés decir que esos “alaridos” son cantos. No porque vivas en una nube musical vas a venir acá a interrumpir a cada rato, a contarnos cosas que sinceramente no nos interesan ni a mí ni a él. Si tenés ganas de joder, hacé algo que no nos intervenga a nosotros, porque que seamos amigos de toda la vida no significa que tengamos que soportarte. Igual, felicidades por todo.

(Hernán y Santiago lo miran cayados)

Martín: ¿Qué? ¡Igual lo felicité!

jueves, 9 de febrero de 2012

La Travesía

Emprendió su travesía hacia las oscuras tierras, lejanas a su hogar. Al salir de su acogedora vivienda sintió como si varios hielos cayeran sobre su piel desnuda,  cayendo preso del helado líquido que congelaba su ser. Claro, no poseía la vestimenta adecuada para el gran recorrido que tenía por hacer. Pero era necesario, la misión era de gran importancia, la líder del lugar se lo pidió. Su honor y reputación estaban en juego.

Avanzó ferozmente, pero una fuerte llovizna dificultaba su visión. El agua penetraba a través de sus delgadas pestañas, alcanzando su pupila. Debió ser por la incesante lluvia que caía del cielo, poblados de grises nubes, obstruyendo cómo bajaba el sol por el horizonte.
Tuvo que aligerar el paso, el agua interfería nuevamente con su propósito. Muchos charcos, profundos como ciénagas encontró en su camino. Tuvo que valerse de gran destreza para poder esquivarlos. Otra vez sintió el frío, un ventarrón pasó a través de él, dejándolo varios segundos a la merced de la poderosa naturaleza.

Llegó por fin a la frontera que divide su hogar con el resto del mundo. Esta vez, parte del trayecto fue aún más complicado: el pavimento estaba rebalsando de agua, imposibilitando el paso hacia la acera del frente. Tuvo que caminar largo trecho, por varios senderos diferentes hasta lograr así encontrar un sitio óptimo para cruzar.

Divisó a la lejanía la meta, el lugar al cual tenía que llegar. Contento, se acercó hasta allí y se dispuso a lograr su cometido. Lo recibió un hombre fornido,  intercambiaron un par de palabras que, por la fuerza del temporal, se oían sólo a pocos metros. Luego nuestro viajero recibió el objeto, pero a cambio de él tuvo que pagar. La compra ya estaba realizada, sólo faltaba emprender el regreso.

La vuelta fue menos dura, el clima se apiadó de nuestro viajero. El viaje se repitió casi sin diferencias. Al llegar a la puerta de su casa, entró y se encontró con su madre. Ella le dijo:

      -    Juan, ¿Porqué no llevaste el paraguas? ¡Te empapaste todo! ¡Encima re desabrigado! Cuando te agarre angina no me vengas a llorar… ¿Trajiste la grasa para las torta fritas?