En el día de mi cumpleaños, me llamó por teléfono mi primo Dan. Estuvimos hablando por largo rato (no lo veía hace 6 meses), hasta que me pregunta “Che Luca, ¿cuándo nos vemos de vuelta?”. Entonces se me acerca mi madre y me dice “Decile que en Semana Santa”, así que acordamos para esos días.
Me puse a pensar “¿Voy a ir solo hasta San Luis? ¡No puedo ir solo a Ramos Mejía, menos me voy a ir a 600 km . de distancia de mi casa!”. Tenía que ser algún mayor de edad, sino no podría viajar. Mi hermana no podía, mis hermanos son chicos, así que… Ya fue, que venga Osvaldo.
Compramos los pasajes del micro, ida y de vuelta. Salíamos el miércoles a la noche y volvíamos el lunes a la mañana. Era una experiencia nueva, jamás había viajado en micro. Y menos en uno de dos pisos. Y menos en la parte de arriba. Y menos para San Luis.
Tardamos en ir 12 hs. Casi perdía las piernas de tanto estar sentado, un poco más y me tendrían que enseñar a caminar otra vez. Cuando llegamos, nos recibieron mis primos y mi tío Omar (conocidos los tres por ser excelentes músicos: Dan, la batería; Pepo, guitarra y mi tío, canto. Pero no sólo tocan esos instrumentos) y en su casa nos esperaban mi tía abuela Lela y mi tía Marita. Nos hospedamos en su casa, que quedaba en una ciudad cercana a San Luis Capital. Un lugar impresionante, rodeado de naturaleza y los cerros en el horizonte, pero cercanos de todas formas.
Apenas llegamos, empezamos el tour por el lugar. Fuimos al Cabildo de San Luis, una réplica del bonaerense; fuimos a un planetario y luego a la casa de un amigo de ellos, Santiago, un tipo re copado.
Al otro día, fuimos a los cerros y luego a un lago. Ambos, espectacularmente espectaculares. Luego, a la noche, fuimos a una Iglesia donde encontramos a más amigos de mis primos: Rodrigo, Florencia, Pequeña Flor, Laura, Mara, Nicolás, y muchos más (si me olvido de alguien, pido mis más sinceras disculpas). Todos nos trataron de una manera excelente, amables y familiares al mismo tiempo.
Y Así transcurrieron los días. Fuimos a un monasterio en los cerros, a un shopping, a un set de cine, a una universidad, al centro, a una peatonal, al Obelisco de San Luis, a otra Iglesia y a la casa de Santiago… como 4 veces.
Ahora, lo que todo el mundo esperaba: ¡las perlitas!
- Cuando llegamos, mi tío le preguntó a Osvaldo cómo se llamaba, y aún así se confundía. Lo empezó a bautizar con 3 nombres diferentes: Martín, Diego y Juan. Entonces, para cargarlo, hicimos lo mismo. Ahora Osvaldo es conocido en San Luis como: Alberto, Adolfo, Alfonso, Alfalfa, ALF, Alfi, Roberto, Edgardo, Matías…
- Fuimos a un set de cine y afuera del lugar había una cantidad enorme de avispones. Cuando teníamos que volver, fuimos corriendo al auto y cerramos todas las ventanas. A los 5 minutos de viaje, las abrimos otra vez porque parecía un microondas. Entonces se escucha a Pepo: “¡Ah! ¡Una avispa me pegó en el ojo!”. Automáticamente levantamos todas las ventanillas otra vez, y Pepo dice “¿Se habrá ido la avispa?”. Para qué dijo eso… El bicho salió otra vez, volando dentro del auto. Empezamos a gritar como condenados “¡DAN! ¡ABRÍ LAS VENTANILLAS, DALE, RÁPIDO!” y aún así no se iba, a lo que Pepo reacciona y se saca la zapatilla y le empieza a pegar al costado, para que se vaya. “¡DALE, MALDITA AVISPA! ¡SALÍ! ¡AAAAAAHH!” y se fue. No puedo creer cómo un bichito 15 veces más chico que nosotros nos redujo a un puñado de tarados.
- Pepo a cada rato ponía un tema llamado Finale, de Funeral Party. Llegó a un nivel en que te gustaba, pero tenías ganas de romperle el celular. Además, la voz del cantante, que parecía de un barrabrava castrado (por lo aguda), no ayudaba.
Pasado el domingo Santo, al otro día nos volvíamos para Buenos Aires. Pero tuvimos un error: pensábamos que salíamos a las 8 y 30 de la mañana, pero esa era la hora de llegada… En realidad salíamos a las 22 y 15. ¡Así que tuvimos un día más para disfrutar! Un error bueno para variar.
Así que otra vez en Buenos Aires. Volvimos después de uno de los fines de semana largo más copados de nuestras vidas. Y la verdad, es triste tener que volver a la rutina diaria y no ver a las personas con las cuales compartimos varios días de felicidad, de paseos, de momentos divertidos.
Pero lo bueno es que traigo recuerdos. Aparte de fotos, chucherías y cosas así. Son los recuerdos de los amigos que armamos allá, aunque sea por un breve tiempo, pero que se nota que nos quieren como nosotros los queremos también.
Chicos, ¡nos volvemos a ver en verano!
